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Las enfermedades cardiovasculares son motivo de numerosas e importantes afecciones que afectan a la salud que ponen en riesgo por tanto nuestras vidas.
Sin embargo, a pesar de las terribles consecuencias que implican estas enfermedades en ocasiones, debemos ser optimistas ya que precisamente está en nuestras manos minimizar el riesgo de todas estas afecciones con unos simples cambios en nuestros hábitos especialmente alimenticios, sin olvidar la importancia que también ejercen otros factores como el estrés o la contaminación ambiental.
RECOMENDACIONES DIETÈTICAS: |
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Obesidad: Es un factor de mal pronóstico, especialmente la de tipo androide, en la que la grasa se acumula en el abdomen. Mantenerse en un peso ideal con un contenido corporal en grasa adecuado, es el factor protector más importante sobre la incidencia de este tipo de enfermedades. La reducción de peso en las personas obesas, implica de forma inmediata una reducción de la tensión arterial, junto con cambios en la analítica que disminuyen el riesgo cardiovascular como son la disminución de los niveles de lípidos (triglicéridos y colesterol), junto con u descenso de los niveles en sangre de glucosa y ácido úrico.
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Actividad física: Realizar de forma continua y no intermitente una cierta actividad física aeróbica también nos protege. Una de las más indicadas y fáciles de realizar es caminar de forma regular, de 30-45 minutos, de 3 a 5 veces a la semana. De esta forma, se reduce el riesgo de hipertensión y obesidad.
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Frutos secos: Son los grandes olvidados de nuestra dieta mediterránea. Sin embargo, la mayoría de los estudios indican que esta disminución del riesgo cardiovascular, se produce cuando suponen un 20 % del total calórico, lo que implica un importante desequilibrio en la dieta.
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El empleo de especias en la preparación de alimentos como por ejemplo el ajo y la cebolla,... han demostrado también una disminución del riesgo cardiovascular.
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La reducción de la ingesta diaria de sal, cuando no se superan los 6 g. al día, produce una disminución de los niveles de tensión arterial, por lo que se debe limitar su uso, así como la de alimentos con alto contenido en sal.
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El consumo de café, ha evidenciado que puede producir un aumento del LDL-colesterol (colesterol malo). Sin embargo, su incidencia es mínima.
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En cuanto a la ingestión de alcohol, debemos distinguir entre dos tipos de consumo:
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1. Consumo moderado: tiene un efecto antitrombótico y además aumenta los niveles en sangre de HDL-colesterol (colesterol bueno). Este consumo moderado equivale a ingerir un máximo de dos copas de vino al día. 2. Ingesta excesiva (3 o más bebidas alcohólicas al día): El riesgo cardiovascular aumenta. El riesgo es especialmente elevado en los bebedores de fin de semana, hábito muy extendido entre la población más joven.
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Habito de fumar: Aumenta el LDL-colesterol, disminuye el HDL colesterol, provoca un daño directo en la pared vascular y reduce los niveles de antioxidantes.
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Grasas: 1. Las grasas saturadas, presentes sobre todo en las carnes, al igual que el hábito tabáquico, producen un aumento del cociente LDL-colesterol/HDL-colesterol. 2. Las grasas poliinsaturadas (w-3 y w-6), presentes en el pescado y los aceites vegetales, tienen un efecto antiaterogénico, además de producir una reducción de la tensión arterial.
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Un consumo alto de fibra, especialmente la soluble, presente en los cereales, frutas, verduras,..., producen un aumento de la eliminación fecal de colesterol procedentes de la bilis. Asimismo, desplazan las grasas de la dieta y disminuyen la tensión arterial.
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El empleo de antioxidantes, evita la oxidación del LDL-colesterol implicado en el desarrollo de enfermedad coronaria, por lo que está demostrado el papel protector de antioxidantes naturales (vitaminas C, E y b-carotenos), presentes en frutas y verduras. La vitamina C, aumenta el HDL-colesterol, disminuye la cantidad de colesterol total y disminuye la tensión arterial. La vitamina E, disminuye la agregación plaquetaria, por lo que tiene un efecto antitrombogénico.
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El empleo de flavonoides, como la quercitina, inhibe la oxidación del LDL-colesterol y una reducción de la tendencia trombótica.
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Algunos minerales, como el zinc, el cobre, el manganeso y el selenio inhiben la oxidación celular. El déficit de calcio en sangre genera una vasoconstricción aumentando el riesgo de hipertensión por lo que su aporte en las cantidades adecuadas, minimiza este riesgo.
Para concluir, debemos recapacitar sobre nuestros malos hábitos dietéticos, puesto que una adecuada nutrición es capaz de evitarnos enfermedades importantes. Hipócrates, considerado el padre de la Medicina, decía que tu alimento sea tu medicamento, y tu medicamento tu alimento. Hagamos realidad esta máxima. Tomar un medicamento, químico o natural, no es a veces la solución a nuestras enfermedades. |